Aproximarse a los treinta no es fácil. Pasar el primer año de esa nueva década sabiendo que ya no hay vuelta atrás, que la veintena jamás volverá a ser tu seña de identidad, es motivo de peso para sufrir una gran crisis vital. A eso súmale un cambio de trabajo y de residencia: tenía que reconstruir ese concepto tan cambiante y ambiguo que yo entendía como “mi vida”.
Navegando por las aguas de la incertidumbre, mientras me refugiaba en mi nueva pasión –el yoga–, fue cómo brotó la idea de hacer un retiro para mujeres. Me pasé meses tratando de despejar el gran interrogante: ¿Cuál?
Y, como por arte de magia, la respuesta llegó a mí a través de un vídeo del canal de YouTube de Cameron Nutall (hablaré de mis creadoras de contenido favoritas de slow life, prometido). Durante su estancia en Marruecos, en un remoto lugar llamado el valle de Ourika, Cameron se había alojado en un bucólico hotel donde se organizaban diferentes retiros –de yoga a arquitectura–.

Inmediatamente me dispuse a buscar en Google ese nombre que se me quedaría grabado en el corazón para siempre: Bab Zouina, que en árabe significa “puerta bonita”. En la web de este hotel de cuento, situado a unos 45 minutos de Marrakech, se ofertan retiros de yoga cada mes hasta finales de 2026 –palabra de Karim, su dueño–.
De alguna manera, el ‘Rising Women Retreat’ de Anetta me cautivó desde el primer minuto y no me equivocaba: fue una de las aventuras más transformadoras de mi vida. El objetivo es el que tu quieras: desconectar del ritmo ajetreado de la ciudad, superar una ruptura, plantarle cara a una experiencia traumática, encontrar tu rumbo, empoderarte, crecer en tu práctica de yoga, conocer mujeres inspiradoras e increíbles…
En mi caso, quería hacer un viaje sola, dedicarme tiempo de calidad, desatar mi creatividad y rodearme de gente alineada con mi estilo de vida actual, relajado y un poco más espiritual que antes. La comunidad con la que te encontrarás será la mejor parte: un grupo de mujeres de diferentes edades y nacionalidades con el corazón abierto. Pura fuente de inspiración, pura hermandad.

Las actividades que se llevan a cabo durante los seis días de duración del programa son las siguientes: clases diarias guiadas de yoga y meditación, canto de mantras, talleres de manifestación, danza extática (o regida por el éxtasis del momento), ceremonia de cacao, breathwork, círculo diario de mujeres –donde te reúnes para compartir experiencias con tus compañeras–, lectura intuitiva del oráculo, ceremonia del fuego y una sesión fotográfica con Ausra Babiedaite, una fotógrafa lituana con base en Copenhague que ha participado en el retiro las dos últimas ediciones.
Una fotógrafa suena un tanto impersonal: mi nueva artista favorita, pues nadie me ha hecho sentir tan segura delante del objetivo en mis tres décadas de vida. Los círculos nos abrieron en canal, liberándonos de emociones que teníamos reprimidas. También fueron el escenario donde compartimos dudas existenciales (¿quiero ser madre?) y anhelos. Me fascinaron las clases de yoga, pero diría que mis partes favoritas fueron las que, a priori, me motivaban menos: el breathwork y el trekking por las Montañas del Atlas, con su previa travesía en Land Rover y posterior comida en un restaurante bereber del pueblo Imlil. Qué delicia.

No puedo dar más detalles acerca de la caminata, pues no es algo que se pueda explicar, sino que hay que sentirlo. Lo mismo con el breathwork: no era consciente de la capacidad revolucionaria del oxígeno en el cerebro hasta que participé en esta técnica de respiración consciente guiada por Anetta y su luz (gurú del retiro).
Al ritmo de la música, se escuchan lágrimas, gritos y hay hasta quien tiene alucinaciones. Una experiencia catártica que, sin embargo, potencia la claridad mental. “Las sesiones de respiración son increíbles. Las mujeres están acostadas en círculo y emerge una fuerza emocional poderosa. Algunas lloran, otras gritan, otras tienen explosiones sexuales. Todo a la vez. Yo sostengo ese espacio, equilibrando mi energía masculina para contener, pero también actuando desde un punto de vista maternal. Es un balance delicado. Me llena de asombro verles abrirse así. No solo sanamos nosotras, sanamos a nuestras madres, abuelas, y linajes antiguos. El cuerpo guarda todo”, me contó Anetta en el comedor de Bab Zouina.
En la mesa, delicias con las que aún fantaseo: tajine de verduras, cuscús, pastela, harira, msemen con crema de almendras, zumo de naranja natural cada desayuno, té por doquier, pasteles de postre cada día…

Todo vegetariano y con posibilidad de adaptarse a las intolerancias más comunes (sin gluten, sin lactosa). No hay día que no me planteé volver a respirar el aroma a jazmín y azahar de Bab Zouina –su jardín es una fantasía–, volver a estar desconecta tecnológicamente y más conectada que nunca mientras me pierdo por el Atlas. No hay semana que no sueñe con volver a sumergirme en la cultura bereber, con volver a conocerme a mí misma a través de otras miradas femeninas…
Si tú también quieres apuntarte a la próxima edición (en 2026), Anetta anuncia sus viajes en grupo en su cuenta de Instagram (@pantiara_yoga) y en su página web. Námaste <3


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